Sweet Revenge parte 1

Y ahí estaba ella. Sentada en ese rincón invisible de su habitación con los brazos apretados alrededor de sus piernas. A través de la persiana se traslucían los rayos del imponente sol, que intentaban demostrarle que a pesar de todos los problemas que ella tenia, el mundo seguía girando y cada persona, incluso ella aunque no quisiera, seguía respirando. Desde el otro lado del cuarto sintió como esos ojos marrones la miraban de forma insistente, perturbadora, muerta. Esa era la palabra muertos, estaban muertos y ya nada podía hacer. Quiso llorar, pero supo que de esa forma no iba a lograr nada más que sentirse más sola aún. Tanteo el suelo a su lado en busca de la botella de ron a la que seguramente culparía por la muerte de esa persona que se encontraba en el lugar incorrecto en el momento incorrecto, pero sin querer toco el arma. Volvió a sentir la maravillosa sensación de apretar el gatillo y ver como ese hijo de puta se retorcía en el piso, sintió nuevamente esas ganas de reírse a carcajadas como los malvados de las novelas. Corrió la mano instintivamente. Rápidamente se incorporó y chocó su cabeza con el aparador, tirando al suelo todos esos portarretratos en los que se veían tres personas felices, sin preocupaciones, falsas. Maldijo al aire y se acercó a la puerta volvió a tener esa sensación de que alguien la miraba, no podía soportarlo más. Corrió hasta el garaje, busco el bidón de nafta que ella sabia que estaba ahí. Y lo vació alrededor de toda la casa y especialmente sobre el cuerpo.

Salió de la casa y miró a su alrededor toda la gente corría de un lado a otro desesperada, sin sentido, con las maletas llenas de cosas materiales inservibles ¿Para que las llevaban? Si en el fondo todos sabían que no iban a sobrevivir de esa noche, que después de que sonaran las doce campanadas de la catedral todos los que aún no estaban muertos tendrían que encomendar sus almas al Señor y pedir misericordia. Volvió en si a causa de un escalofrío, miró esa casa extraña para ella en ese momento, metió la mano en su bolsillo y sacó el encendedor que le había regalado su abuelo para su décimo quinto cumpleaños, lo miró detenidamente, leyó esa extraña dedicatoria, nunca había tenido tanto sentido como en ese preciso momento en el que se dio cuenta de que jamás la había entendido, jamás se había dado cuenta de que su abuelo sabía que ella iba a terminar haciendo eso… lo prendió y lo soltó con un empujón sobre la casa que empezó a arder en las llamas. Nadie pareció darse cuenta de que una casa se estaba incendiando, ese frenesí conjunto que padecía el mundo para esa hora era terrible, en pocas palabras: era el fin del mundo y mientras todos los seres humanos, si es que se los podía llamar de ese modo, intentaban salvar su propio pellejo, ella estaba haciendo eso que no se había animado a hacer nunca, VIVIR.